domingo, 23 de diciembre de 2007
La Butler sobre la fantasía
jueves, 8 de noviembre de 2007
domingo, 9 de septiembre de 2007
Musik is what we are
I’ve always been intrigued by this. Perhaps because I feel music is an important frame of reference in my own particular life; perhaps because I find in music a language capable of naming and exploring behind and beyond any other language. How much can we know about ourselves or others by looking into music files and profiles? How much can music say about how we feel, see and think about the world?There are clues pointing to music as a predictor or describer of personality. Music sings and sounds who we are. But let us begin from the beginning. I was net-surfing in some psychology blogs and ran into an interestingly fun study that I try to summarize as follows.
The original paper is called “Message in a Ballad: The role of music preferences in interpersonal perception”, a study developed in University of Texas by Rentfrow and Gosling (2006) and published in Psychological Science Journal. They put participants in same-sex and opposite-sex pairings and told them to get to know each other over 6 weeks. Analysing the results, they found the most popular topic of conversation was music. The number of people who talked about music was surprisingly high. In the first week an average 58% of the pairs discussed music compared to 37% of all the other categories of conversation combined. Other categories included books, movies, TV, football and clothes.
Why do we use music as a first port of call in getting to know another person? What is it about music that's so useful when we first meet someone and what kind of information can we extract from the music another person likes? We probably think that music is indirectly telling us something about the other person's personality. For this reason, the second question this study tried to answer was: how good is music as a measure of personality? To answer this question, a group of participants was asked to concoct a list with their 10 favourite songs. Later, another group of participants was asked to “extrapolate” characteristics of personality of the listener based on the list created. The predictions of this second group were compared with a standardized test of personality, the Big Five Personality Traits, measuring: openness to experience, extraversion, agreeableness, conscientiousness and emotional stability.
Results showed that music preferences were reasonably accurate in conveying aspects of personality. Of the five traits, it was a person's openness to experience that was best communicated by their top 10 list of songs, followed by extraversion and emotional stability. On the other hand, music preferences didn't say much about whether a person was conscientious or not.
Some advancement was given regarding the relationship between music preferences and personality traits: those who like vocals tend to be extraverted; preference for country music is related to emotionally stable people (which is really bizarre because country music is all about heartache!); and jazz is associated with intellectuals. This raises the question of why people listen to particular types of music. These are the explanations cited on the post: One theory is that people simply find some music more pleasant for aesthetic or cognitive reasons. Another is that people use music to regulate their mood: I want to get hyper for a night out so I put on some dance music. Another is that music is related to identity; people listen to music that expresses they way they see themselves. It seems likely that a combination of all these theories is probably true.
Now, this study was carried out in Gringoland and it is evidently significant that this is strongly influencing the musical genres and preferences that emerge (which are determined by a particular culture and commercial dynamic). Another important caveat for this study was that the average age of the participants was around 18 so this findings might not hold in different age-groups. I wonder if this relation between music preferences and personality traits would prevail across cultures, age-groups, social class and other variables, what kind of genres or music styles would appear and related to what personality traits in other musical cultures such as Mexico.
Above and beyond the technical specificities of the study, the idea that music describes and reflects, at least partly, who we are is alluring and seductive. Perhaps we can be as diverse inside as a music mosaic; we can have as many mind-colours as rhythms, melodies and sound textures in our heads. In the simplest case, “it seems that talking about (and sharing) music might be a very powerful way to make a connection with another person.”
sábado, 1 de septiembre de 2007
Este enunciado es falso

Definir paradoja no es cosa sencilla como sucede en casos donde lo que se busca es definir una apreciación o experiencia genuinamente humana. Quizá entonces podemos iniciar por ahí: una paradoja es una vivencia humana, es decir, no existe en el mundo físico “exterior”, sino que es una determinada percepción de ese mundo, una interpretación específica de lo que tenemos enfrente. Dicha interpretación o construcción, atendiendo a su etimología (del griego parádoxos), se resume sencillamente como “contrario a la opinión común”, y me parece que aquí se condensa un rasgo esencial de la paradoja; además la paradoja también “encierra contradicción”, es algo que es y no es a un mismo tiempo y esta, de entrada, es una definición por lo demás paradójica. Una forma tangible de paradoja puede encontrarse en “una construcción lingüística de la que no somos capaces de afirmar ni su veracidad ni su falsedad ya sea porque su veracidad implica su falsedad o porque su veracidad implica su veracidad de la misma forma que su falsedad implica su falsedad”. Pero para dejarnos de contorsiones verbales pongamos el caso ilustrativo de la frase que da título a este alegato: Este enunciado es falso, ya que si este enunciado se refiere al propio enunciado “este enunciado es falso” ello implica que si el enunciado es verdadero entonces el enunciado es falso y viceversa. Esta es una especie de reproducción de una paradoja lógica antigua y bien conocida atribuida al filósofo griego Eubúlides llamada la paradoja del mentiroso y que se formula de la siguiente manera: ¿Mientes cuando dices que mientes? Usted podrá corroborar las consecuencias de responder sí o no a dicha increpación. Estas paradojas lógicas han encontrado solución a través del álgebra booleana, pero no por ello pierdan su enigma original y la plausible contradicción a la idea fácil, al orden dado y presupuesto. En un rápido buceo hacia la búsqueda de relatos, discursos, y concepciones sobre la paradoja como figura intelectual, es inevitable mantenerse al margen de taxonomías y categorías académicas de aproximación. Por ejemplo, las paradojas adquieren diferentes formas o matices en función del campo al que pertenezcan: aunque todas paradojas, las de la ética difieren de las de la lógica o la epistemología o las ciencias sociales o las matemáticas o la física o la economía. Se sabe que existen paradojas que en realidad encuentran una solución satisfactoria y otras que son –al menos matemática o lógicamente- imposibles de resolver. Cuando se mezcla la teoría de conjuntos con la noción de infinito, por ejemplo, surgen algunas paradojas bastante deleitosas. Bertrand Russell pregunta: ¿Existe un conjunto de todos los conjuntos que no se contienen a sí mismos? La paradoja de Zenón o la de Galileo también son golosinas atractivas.
Pero estos líos los dejaremos para mañana. Por ahora me interesa dejar constancia de la paradoja como una figura que nos ayude a dialogar con este enrevesado mundo. En palabras de Polcan: “La paradoja aparece como un relámpago en el cielo de la lógica, sorpresivo y fascinante, iluminando perfiles de la realidad que hasta el momento permanecían ocultos (…) Ante la paradoja, la aparente solidez de un mundo previsible y seguro se tambalea y el misterio de otra lógica visita nuestra mente con una luz nueva.”
Está por demás mencionar que la identificación, uso o construcción de paradojas ha sido un elemento clave para la evolución de concepciones matemáticas, filosóficas y científicas en general, pero vale la pena enfatizar en que la paradoja a menudo funciona como un significante profundo capaz de impregnar de sentido múltiples realidades de la experiencia humana.
Sin necesidad de embrollarse en las ligas técnicas-académicas de lo que es y cómo y cuándo una paradoja, el mundo a veces no tiene más remedio que traducirse a través de éstas; uno puedo mirarlas y nombrarlas, cuando lo que se quiere nombrar no se deja de otro modo. Apuesto a que tienes tus favoritas. Eduardo Galeano nos compartió algunas: “La frase más famosa atribuida a Don Quijote ("Ladran, Sancho, señal que cabalgamos") no aparece en la novela de Cervantes; y Humphrey Bogart no dice la frase más famosa atribuida a la película Casablanca (Play it again, Sam).
Contra lo que se cree, Alí Babá no era el jefe de los 40 ladrones, sino su enemigo; y Frankenstein no era el monstruo, sino su involuntario inventor.
Hay en el mundo tantos hambrientos como gordos. Los hambrientos comen basura en los basurales; los gordos comen basura en McDonald's.
Según los evangelios, Cristo nació cuando Herodes era rey. Como Herodes murió cuatro años antes de la era cristiana, Cristo nació por lo menos cuatro años antes de Cristo.
El mundo es una gran paradoja que gira en el universo. A este paso, de aquí a poco los propietarios del planeta prohibirán el hambre y la sed, para que no falten el pan ni el agua.”
De quedarnos con alguna, quedémonos con la definición que sencillamente pone a la paradoja como “cualquier afirmación sorprendente, problemática o contraintuitiva, especialmente una verdad contraintuitiva”. Si la paradoja es una posibilidad aceptada de nuestro pensamiento cotidiano, entonces nos permitirá integrar aquellos aspectos de la realidad que contravengan la lógica cotidiana, el pensamiento lineal o el sentido común. Una figura intelectual que nos permite dialogar con aspectos de la realidad que desmienten o modifican radicalmente los esquemas que nos hemos generado sobre ella. Un recurso que nos permite husmear en la frontera del entendimiento cotidiano. Imaginemos las implicaciones.
Quede aquí, a merced de vientos y mareas, plasmada la intuición que me llevó a preguntarme sobre la paradoja. Galimatías aparte, la apreciación de cada cual será seguramente muy particular y para su propio provecho, pues como afirmó Sartre (paradoja incluida): estamos condenados a la libertad, o sea que no nos queda más remedio que ser libres. Y puede que este enunciado no sea falso.
sábado, 28 de julio de 2007
Parolicias
domingo, 8 de julio de 2007
Diálogos Freireanos

Para dar respuesta a la cuestión podemos pensar en resignificar algunos conceptos clave de la ideología freiriana en función de las características del emergente tejido social y la estructura política y cultural de la sociedad contemporánea. Tal vez ésta pueda ser una vía de acceso a la “reinvención” necesaria. Comparto algunas notas tomadas a lo largo de las sesiones del seminario, en mitad de los diálogos que fueron sin duda enriquecedores. Comparto con el afán nomás de eso, de continuar el diálogo y apuntar a la reinvención.
Dualidad oprimido-opresor
En el contexto de una dictadura militar, como la que vivió y combatió Paulo Freire, resulta posible identificar con una evidente claridad el bando oprimido y el bando opresor, porque la realidad política y social se polariza y el poder oficial se concentra en un pequeño grupo, a veces en una persona. El cuerpo social mayoritario puede considerarse entonces oprimido, a pesar de las diferencias que pueda haber entre los diversos subgrupos. El contexto en el que nos movemos ahora no tiene la misma configuración: los estados pierden poder, los sistemas económicos e informacionales se comportan de maneras complejas y no personalizadas.
Cuando hacemos referencia a “oprimidos” u “opresores”, éste siempre se ha formulado en tercera persona. En el entramado del discurso estas figuras permanecen un tanto en la penumbra, ambiguas, sin contornos claros. ¿Quiénes son los opresores? ¿Un grupúsculo de políticos o empresarios, el gobierno, el imperialismo yanqui, el aparato burocrático, el modelo económico? ¿Quiénes son los oprimidos? ¿Los niños de la calles, las comunidades indígenas, los obreros o maestros, las mujeres, los indigentes, todas las anteriores? Nosotros, los que estamos aquí en este auditorio, ¿a qué grupo nos parecemos más, a cuál de los dos pertenecemos?
La opresión es un fenómeno que podemos ejercer frente a otros y que otros pueden ejercer sobre nosotros, sin que las dos condiciones sean excluyentes. Somos opresores y oprimidos simultáneamente o alternativamente. La opresión es una posibilidad de toda relación humana. En una sociedad con identidades (colectivas e individuales) cambiantes velozmente y un profundo proceso de inter y multi-culturalidad, en un tejido social complejo y muchas veces paradójico, debemos dejar atrás el discurso, que por lo demás resulta maniqueo y simplificante, de que la lectura de la dualidad oprimido-opresor equivale a una división del mundo entre “buenos” y “malos”, entre monstruos y mártires del pueblo. Con esto no quiero decir que en muchas circunstancias uno puede hacer esta diferenciación éticamente válida y verdadera, que es posible identificar grupos y sectores que particularmente ejercen un enorme daño a la sociedad y al planeta (y, por otro lado, grupos y sectores que han sido sistemáticamente vejados). Pero la realidad social en su conjunto es mucho más compleja que esta dicotomía y, aunque necesaria, no es suficiente para comprender de manera profunda y transformar nuestra realidad. Algunos de los problemas más urgentes que enfrentamos tienen su nido distribuido en el tejido social, son en última instancia de responsabilidad compartida.
Si no hacemos este análisis, corremos el riesgo de utilizar figuras y significados incompletos y reducidos, que nos limiten el campo de acción porque no alcanzan a traducir ampliamente la realidad en el terreno de juego. Corremos el riesgo de seguir llamando opresor al del partido contrario y no ver las conductas despóticas de los grupos a los que pertenecemos y los individuos que somos.
Las nuevas nociones opresor-oprimido deberán ser dinámicas, entendidas como procesos, alternativas, y por lo tanto posibles de identificar en nuestra vida cotidiana y en las relaciones en transformación y progreso.
“Pensar la práctica para transformarla”
Una Doctora en Algo, académica respetable de las ciencias sociales y humanas, con estudios en el extranjero y todo lo demás, en mitad de los diálogos freirianos sostenidos durante la jornada matutina, hace una (auto)reflexión sobre los roles de género que pone el dedo en la llaga de uno de las nociones freirianas sin desarrollar. En ocasiones, decía la Doctora, nuestros actos traicionan nuestras creencias y nuestros principios. El ejemplo fue cómo seguimos modelados por estereotipos de género aún cuando ideológicamente los rechazamos. A pesar de que sus estudios, lecturas y desarrollo personal y profesional le habían permitido generar una postura crítica ante las relaciones de género y producir un discurso de emancipación femenina, una mañana cualquiera su hija le hizo la observación sencilla de que seguía ejerciendo su rol de sumisa mujer-encargada-de-atender-al marido en los pequeños y cotidianos actos. Lo mismo sucede con el género masculino, creo yo. Nos enfrentamos con una generación “de quiebre” en donde no sorprende encontrar profesionales y académicos en la cumbre de su carrera, egresados de los mejores postgrados del país en (donde se predica la lucha contra las injusticias sociales, incluyendo aquellas que laceran al género femenino), que son incapaces de mantener relaciones democráticas con sus parejas, que no pueden dejar a un lado la actitud autoritaria y la tentación de –aunque con formas veladas y sutiles- controlar, invadir la privacidad o menoscabar la independencia de su pareja. Sobre la clase política no hace falta comentar mucho: sabemos que a lo más llegan a emitir un discurso demagógico y pobre en torno a la equidad de género más bien por compromiso político, pero se me antoja que en la práctica este es quizá el sector más conservador. Los amarres machistas siguen anudando con fuerza incluso en aquellos y aquellas que tienen elementos críticos genuinos para rechazarlos y eliminarlos.
¿Cómo podemos abordar esta circunstancia desde el pensamiento freireano? ¿Cuál es la idea motora que apunta hacia la modificación de esta circunstancia? La respuesta es: “pensar la práctica para transformarla” (lema que identifica este seminario y motiva nuestra conversación). Debemos reflexionar sobre el estado de las cosas, analizarlo, debatirlo, cuestionarlo. Podríamos inclusive hablar de una reflexión de segundo orden (como lo propone Ibáñez): pensar la manera en que pensamos la práctica.
Sin embargo, es evidente que en muchos casos este proceso reflexivo no es concluyente o absolutamente determinante para la transformación para las circunstancias. La Doctora en Algo sostiene con convencimiento la necesidad de relaciones igualitarias entre los géneros, seguramente son nociones fuertemente vinculadas a sus ideales éticos, inclusive puede identificar críticamente sus propias incongruencias dentro del área. Pero esto no garantiza que ella sea capaz de transformar su rol en la práctica cotidiana. Al menos a nivel de la vivencia personal, del desarrollo ontológico, pensar la práctica es una condición necesaria para transformarla, pero no siempre es suficiente.
Nuestro mundo ha generado recursos ideológicos, éticos y epistemológicos con el potencial suficiente para promover cambios profundos… pero falla a menudo cuando se trata de ponerlos en práctica. En el trayecto de la reflexión a la transformación a veces algo se atora. A menudo no basta la reflexión, no garantiza necesariamente la transformación. Ésta no es un resultado automático de aquella. Aquí hay un hueco teórico, un área para explorar y construir, para proponer mecanismos de transformación que complementen y desarrollen las nociones primarias. ¿Nos hemos preguntado, por ejemplo, si el hombre-sujeto puede elegir convertirse en hombre-objeto?
En la praxis se esconde un enigma a resolver. Un enigma que encierra asuntos trascendentes, de vida o muerte, para la especie humana. Porque está muy bien eso de juntarnos aquí a platicar (felicito por cierto, la dinámica generada), está muy bien decirnos cosas sobre lo bonito que es escuchar a los demás, compartir nuestras frases preferidas y versos más vistosos, compartir el erotismo que emana nuestro ser y rememorar lo maravilloso que fue conocer a San Freire en persona. Pero allá afuera hay un mundo en descomposición, herido y enfermo, complejo y confuso, y cada vez más alejado de la libertad y las relaciones constructivas soñadas por Paulo. Hay un mundo del que nosotros somos co-responsables y un problema no resuelto en el corazón de la praxis.
domingo, 3 de junio de 2007
Atrévete a Mirar

Un paseo relámpago
Atrévete a mirar surge a partir de una experiencia de intervención psicosocial con niños y niñas residentes de un Centro de Protección a la Infancia, Albergue, Casa-Hogar, o como se le quiera llamar. Anabel Carreras y Antar Martínez plantean la idea a Andrés Villa de producir un video que recogiera las palabras, los gestos, los colores, los sonidos que formaban parte del mundo cotidiano de estos niños. Quizá lo hacían porque inconscientemente sentían la necesidad de no dejar en silencio el testimonio de abandono familiar y social de que eran testigos pero, sobre todo, de la luz a pesar del abandono. Comenzaron a percibir que los niños estaban cubiertos por una suerte de “invisibilidad” que los sacaba de la mirada de aquellos próximos que debieron ocuparse de ellos, pero también de la mirada de la sociedad en su conjunto. A pesar de este olvido, niños y niñas habían encontrado caminos dignos y vivificantes para crecer. En un sentido creo que la motivación oculta fue compartir con los demás las enseñanzas que los psicólogos habían recibido de un grupo de niños y niñas. La estructura que adquirió el video fue producto de la convivencia con los pequeños y de la improvisación cotidiana, pero sobre todo obedeció al dictado del discurso infantil. El video consiste en el testimonio y la palabra de dos niños y una niña; sus sueños, miedos, viajes, nociones del mundo. El proceso fue largo, muy largo, desde las sesiones de charla para afinar ideas hasta las gestiones, el rodaje, la postproducción y la preparación del evento de presentación. Más de un año y medio por un camino que muchas veces fue cansado y frustrante pero otras muchas veces verdaderamente mágico. La relación en el núcleo productores-realizador, una tercia que fraguó todo y resolvió casi todo siempre de manera colectiva, conoció todos los matices posibles. Se conocieron, se quisieron, se odiaron, se reconciliaron, se cansaron los unos de los nosotros, se ayudaron, se escucharon, se contradijeron, se perdonaron, colaboraron, discutieron de nuevo y después volvían a trabajar tempranito al día siguiente . Muchas cosas sucedieron, se quedaron sin dinero, luego tuvieron mucho que tenían que gastar bien rápido. Se quedaron tirados en mitad de la carretera con un coche prestado el día que rodaron el viaje de Gina, fueron literalmente obligados a comer por el impresionante abuelo de Marcos. También aprendieron a convivir con los niños de tal forma que, por periodos y por momentos, se percibía una relación de tanta familiaridad como la del maestro con sus alumnos, los compañeros de clase, los hermanos. Consiguieron un presupuesto bastante decente por parte de la Universidad de Colima y lo exprimieron como limón. Consiguieron que el DVD tuviera además una galería de fotógrafos colimenses generada en torno a estos niños y niñas. Mucha gente se sumó, amigos, familia, compañeros, estudiantes, profesores, administrativos, secretarias, funcionarios, extraños y tanta gente que sería imposible nombrar a cada uno. El día de la presentación esperaron con los dedos cruzados que de verdad llegaran los aviones con las cajas con los videos. La noche fue de ensueño, muchas almas poblaron el teatro, paradas y sentadas, llorando y riendo, hasta que reventaron en aplausos y vivas para los niños que tradicionalmente son presa de la invisibilidad. Pareció, por un momento, que el mundo se había vuelto al revés.


DETALLES TÉCNICOS
Atrévete a Mirar: Un paseo por el mundo de los niños en Casa-Hogar
Género: Documental
Duración: 46 minutos
Idioma: Español
Subtítulos: Inglés y Francés
- El documental fue seleccionado para inaugurar el Congreso de Save the Children en Zaragoza (2006)
- Recibió un reconocimiento en el Festival Pantalla de Cristal (2006)
- Está seleccionado para presentarse en el Festival Internacional de Cine Latinoamericano de La Habana (2007)
Si te interesa conocer el proyecto deja tu correo en comentarios
sábado, 2 de junio de 2007
Mínimo ensayo sobre el beso
Se sabe también que el beso más largo que se ha dado en la historia alcanza las 30 horas con 59 minutos y 27 segundos. Se necesita condición. Pero también se sabe que este beso ha violado un principio fundamental de la Besología, que se resume en una discreta complicidad, en una intimidad protegida por las ganas de dos, en un celo que lo esconde en el recipiente más inaccesible: la boca.
Encima de todo, los escritores se han dado a la tarea de escribir sobre el beso en cantidades bárbaras. Se podría incluso establecer el besismo como nuevo movimiento literario. Ahí tenemos por ejemplo a La Bella Durmiente, El Beso de Béquer y el personalmente célebre Capítulo 7 de Rayuela. Un verdadero beso letrado.
De igual manera, puede hablarse de sus usos y costumbres: maneras diversas de entender y realizar el beso. Los chinos, por ejemplo, nunca se besan en público. En algunos países de Asia, Birmania y Borneo, no se practica el beso como lo entendemos en el “mundo occidental”; ellos se olfatean. En la Roma antigua había tres nombres diferentes para el acto de besarse, según la función del beso: osculum, savium y bastium. Desgraciadamente, la Biblia Vulgata en su traducción al latín nos amputó los más interesantes y nos dejó con el inocente beso familiar. También existía el ius osculi, menos agresivo que el derecho de pernada, pero también desaparecido del cuerpo legal.No olvidemos los usos peregrinos del beso. El del vampiro para alimentarse después de la seducción. El beso de la mafia que servía para prometer la pronta entrada en el otro mundo. Y el beso anal que formaba parte del proceso de iniciación de la brujas durante el aquelarre. Con todo, intuyo que aún quedan antecedentes encubiertos y olvidados sobre el uso y las modalidades del beso; antecedentes que por fortuna han conservado en secreto los amantes-centinelas.
En lo personal, me producen tristeza aquellos besantes que ignoran los secretos intransmisibles de la besología, los que no han desarrollado una besología propia y despierta; los que apenas aproximan las mejillas como si se fueran a contaminarse con uranio; sin dejar de hablar, como si lo que estuvieran contando (fuese esto lo que fuese) no pudiera esperar el tiempo de un beso. En cambio, me producen una brillante alegría aquellas que hacen del beso algo propio: barro, arcilla, masa. Que pueden otorgarle el don la longitud y hacerlo durar 15 metros, pedirle discreción otros tres. Que pueden asirlo como un ingrediente y darle sabor a chocolate y a mar, y alargarlo al gusto. Que hacen del beso –ante todo- una feliz conversación.
domingo, 20 de mayo de 2007
Texto prestado 1: ... Un buen invento
LÁSTIMA. ÉRAMOS UN BUEN INVENTO
Yehuda Amichai
Amputaron
tus muslos de mi cintura.
Para mí serán siempre
médicos. Todos ellos.
Nos desprendieron
al uno del otro. Para mí son ingenieros.
Lástima. Éramos un buen invento
amando: un avión hecho de un hombre y una mujer
con alas y todo:
nos elevamos un poco de la tierra,
volamos un poco.
Sobre pistolas y otros motivos
is essential if we are to win the war.
SCIENCE IN WAR, A Penguin Special
I. Soliloquio a partir de Verne
La ciencia ficción ha sido fuente anticipaciones y de vez en vez ha arrojado visiones proféticas. El extraordinario escritor francés Julio Verne es una clara prueba de ello. A lo largo de cuarenta y seis relatos de viajes igualmente extraordinarios, escritos en un espacio de 45 años, Verne dejó constancia de algunas de las temibles empresas en las que el ser humano habría de embarcarse en el futuro. El relato que nos interesa por ahora es De la Tierra a la Luna, escrito en 1865.
Además de la hazaña lunar, cristalizada cuando Neil Armstrong pisa la superficie del satélite de queso en 1969 -con un final, por cierto, mucho más feliz que el descrito en el relato verniano-, en las páginas de De la Tierra a la Luna puede encontrarse otra predicción que a menudo pasa desapercibida: la del Gun-Club.
El Gun-Club (que podríamos traducir como el Club de la Pistola), según nos cuenta Verne, fue una sociedad de “mucha influencia” establecida en Estados Unidos –específicamente en Baltimore- durante la guerra de Secesión.
Una ciudad entera dedicada al arte de la guerra y de las armas: no había comerciantes o zapateros o campesinos, sino capitanes, coroneles y generales. La actividad principal no era la producción, el almacenamiento o la distribución (ni siquiera el consumo) sino el ejercicio de la “ciencia de la balística”, la imaginación y la creatividad al servicio de los rifles y los cañones. Toda la energía y el talento de ese pueblo giraba en torno a la invención de obuses de más alcance, de morteros más mortíferos: el éxito de las empresas se medía con escudos destruidos, barreras atravesadas y vidas interrumpidas. La guerra era el objeto final de toda acción humana: desde el cabal ingeniero que elucubraba a partir de peso, distancia y número de cuerpos desollables, hasta el hábil forjador que, martillo en mano, moldeaba hierro y fuego para darles precisión letal.
Así se explican aquellos cañones gigantescos –escribe Verne-, mucho menos útiles que las máquinas de coser, pero no menos admirables y mucho más admirados (…) Los periódicos de la Unión celebraron con entusiasmo sus inventos, y no hubo ningún hortera, por insignificante que fuese, ni ningún cándido bobalicón que no se devanase día y noche los sesos calculando trayectorias destinadas.
Según las estadísticas proporcionadas por el texto verniano, a un mes de su fundación el Gun-Club contaba ya con 1,833 miembros efectivos y 30,575 socios correspondientes. El requisito sine qua non para acceder a tal sociedad era “haber ideado, o al menos perfeccionado un nuevo cañón o, a falta de cañón, un arma de fuego cualquiera. Pero fuerza es decir que los inventores de revólveres de quince tiros, de carabinas de repetición o de sables-pistolas no eran muy considerados. En todas las circunstancias los artilleros privaban y merecían la preferencia”.
Se dice que tal dedicación y esmero en los asuntos bélicos era a todas luces evidente. La población del Gun-Club era asidua usuaria de toda suerte de prótesis y remiendas tales como muletas, brazos artificiales, manos postizas, mandíbulas de goma, piernas de palo y cráneos de plata. Los cuerpos exhibían con orgullo el vestigio de su loable tarea, como la mano callosa delata al campesino: se calculó que en el Gun-Club no había, a lo sumo, “más que un brazo por cada cuatro personas y dos piernas por cada seis”.
En resumidas cuentas: “la única preocupación de aquella sociedad científica fue la destrucción de la humanidad con un fin filantrópico, y el perfeccionamiento de las armas de guerra consideradas como instrumentos de la civilización (…) Aquella sociedad era una reunión de ángeles exterminadores, hombres de bien a carta cabal”.
He aquí la segunda y menos citada profecía de De la Tierra a la Luna. Guardando todas las proporciones, el panorama que dibuja Verne alcanza a sugerir la industria bélica que florece en el mundo de hoy, donde la guerra se ha vuelto un vicio y un negocio, donde se gasta más de 1 billón de dólares al año en la producción y acopio de armas de todo tipo, que han logrado superar por mucho la imaginación verniana.
Por si se dudara del genio anticipatorio de Julio Verne, el Gun-Club se situó en Estados Unidos, el país con la vida militar más activa del mundo contemporáneo; el país donde el presupuesto para la defensa y el desarrollo militar ocupa los primeros puestos entre las prioridades para la construcción de la nación; el país que ha apostado a la guerra sistemática como modus vivendi. Pero, una vez más, la realidad supera a la imaginación y es un hecho que el culto por las armas y su uso no es privativo de los Estados Unidos, sino una característica cada vez más común en la vida del planeta: la respuesta generalizada ante el peligro o el choque es el disparo, bien sea éste de un misil intercontinental o de un revólver de bolsillo.
Para los coleccionistas o los cazadores de torcacitas las armas no representan un problema mayor. Esta opinión es compartida por los empresarios de estos aparatos bélicos, que han logrado convertir el mercado de la guerra en uno de los más rentables del mundo. Pero resulta que las armas sí representan problema cuando se les mira desde una perspectiva diferente a la del dinero. Y es mucho mayor el problema cuando a la existencia del arsenal se le añade el ingrediente apocalíptico del conflicto humano: esta combinación resulta verdaderamente nuclear. Para vida de corroborar semejante afirmación sólo basta con echar un vistazo a la nada breve historia de las armas.
II. Breve historia de las armas
En el principio fue la piedra. La mano que apenas pudo asir, en poco tiempo le buscó un filo cortante y la piedra, en su forma más rudimentaria se convirtió –además de en utensilio- en arma. Vaya uno a saber sino serán ambas una misma cosa. Luego se le añaden a la piedra mangos de madera o hueso para hacer su uso más efectivo y la madera pasa también a formar parte de los recursos armamentistas. Hacia el Paleolítico, estas armas empleadas por el ser humano fueron necesarias para sobrevivir en un mundo poblado de grandes y feroces animales sin descartar por supuesto la lucha entre tribus: la que disponía de más armas tenía más poder (¿suena familiar?).
Luego el fuego, que junto con la madera y la piedra sentaron las bases para la supremacía del ser humano sobre cualquier otra forma de vida en el planeta, incluyendo su vida propia. En el Neolítico aparecieron el arco y la flecha, que hicieron posible el ataque a distancias crecientes mientras se desarrollaba y se afinaba su potencia. La flecha dio origen al escudo y a la armadura que fueron necesarios para protegerse de los ataques.
Paradójicamente, en la medida en que la “civilización” iba ganando terreno y nos alejábamos del tribal salvajismo ancestral, emergieron organizaciones políticas y propiedades que dieron origen a divergencias entre los hombres, divergencias que fueron dirimidas y siguen dirimiéndose a fuerza de palos. Estallaron primero las batallas entre tribus caracterizadas por ser más bien inofensivas si las comparamos, claro está, con lo que sucedería luego en las grandes guerras entre naciones y continentes. Estos altercados masivos nos obligaron a pensar en una estrategia de defensa colectiva: la muralla.
En términos simples, la muralla es un instrumento defensivo que consiste en un muro de contención- más eficaz cuanto más alto y cercando la comunidad que se desea proteger. El principio fundamental de este instrumento de defensa remite a los altos muros que rodean las grandes residencias urbanas de nuestro tiempo, utilizados también para proteger el pequeño nicho de armonía y lujo, y aislarlo del mundo peligroso y atroz que existe allá afuera.
También tuvimos la ocurrencia de hacer combinaciones macabras: “hombre-caballo-flecha” se convirtió en un artefacto invencible en su tiempo. Con este combo, los hicsos vencieron trágicamente al gran imperio egipcio, a pesar de ser los primeros un pueblo menor en número y adiestramiento cultural y científico. Pero no todo dura para siempre, y menos cuando se trata de avances bélicos. Las máquinas de elevación superaron muchos inconvenientes de las armas previas y se pusieron a la vanguardia de la destrucción. Los romanos habían encontrado maneras eficaces de verter piedras y betún ardiendo al interior de las ciudades de sus enemigos desde una distancia cómoda. El onagro, la catapulta y la balista se convirtieron en recursos principales en mitad de las batallas. Después de mucho más tiempo, en el medioevo, las hazañas del caballero medieval dieron origen a una abundante literatura fantástica y, en un afortunado equilibrio, a pocos desarrollos armamentistas.
Durante seiscientos años permanecieron, sin variación sustancial, las armas del caballero. La mayoría consistían en artefactos de metal para la defensa y el ataque personal: escudos, espadas, lanzas y cotas de hierro, incapaces de lastimar un par de molinos. El uso del arco y la ballesta marcaron el inicio de la de el decadencia de la caballería feudal. Más tarde, la pólvora y la infantería organizada le darían el tiro de gracia.
Luego ¡Bum!: las armas de fuego. Éstas son una consecuencia aplicada del invento de la pólvora, atribuido a los chinos aunque su origen aún se debate: algo de alquimia, monjes y árabes hay en las leyendas. El caso es que hacia el 1300 ya existían en occidente cañones de uso cotidiano en los enfrentamientos. Más aún, hacia 1350 ya se habían diseñado armas livianas que se difuminaron en una especie de cultura global armamentista: los alemanes tenían el hacken büsche, los ingleses el hackbut, los franceses el arquebuse, los italianos el arquebugio y nosotros, los mexicanitos, el arcabuz. El resto es historia.
Pero la historia de las armas de la humanidad que viene de la piedra y el hacha de sílex, no termina con el descubrimiento de la bomba atómica, la bomba de neutrones y la puesta en escena de los misiles intercontinentales. Gracias a la ingeniería genética, en los laboratorios militares se cuece hoy –de manera encubierta, por supuesto- una nueva generación de armas biológicas que puede superar las fantasías de todos los genios de la ciencia ficción.
¿Qué hemos hecho con esta compañera sempiterna, el arma?, ¿es acaso un utensilio necesario para la evolución y la civilización humanas o, más aún, causa de éstas? La certeza que nos deja la historia es sencilla: las armas han estado con nosotros desde siempre, se han interpolado con nuestra propia historia, las hemos producido en cantidades colosales y las hemos usado de manera recurrente para dirimir diferencias o ahogar conflictos.
Las historias oficiales, que buscan culpar a unos y exhumar a otros, responsabilizar de virtudes o satanizar con saña, repartir títulos de grandeza o nimiedad caen en dos falacias comunes y bastante corrientes: 1) Creer que el uso de las armas fue el único camino (sin alternativas) para avanzar en la historia, por el hecho de que había armas: es decir, ignorar el hecho básico de que las armas se usan, en primer lugar, porque fueron producidas para ser usadas (si se suprime la producción de armas se conduce a caminos alternativos para la solución del conflicto)-; y 2) creer que el conflicto es un fenómeno asilado que forma parte más bien de las excepciones de los eventos históricos y no de la norma, y creer indefectiblemente que en cada conflicto hay una parte que representa el absoluto bien y otra que (siempre es la enemiga, por supuesto) representa el error y la maldad. De esta manera ignoramos otro hecho básico: con independencia de nuestros valores y nuestros actos, el conflicto es una natural potencialidad humana, es un evento inherente a nuestra naturaleza como especie, y no el delicado problema de unos cuantos. En suma, el conflicto somos todos.
III. El conflicto somos todos
Why should a species that has learned to eradicate germs, fly like birds,
and beam sound waves around the planet
prove unable to master the trick of peaceful co-existence?
LAWRENCE LESHAN, Psychology of War
Existe un discurso que ha sido repetido de manera más o menos fiel por líderes de diferentes sociedades, en distintas épocas. Palabras más, palabras menos, dice así: “Las intenciones de nuestro país son absolutamente pacíficas. Sin embargo, somos conscientes de que otras naciones –con sus nuevas armas- nos amenazan. Por lo tanto, debemos defendernos y responder al ataque. Sólo así podremos proteger nuestro estilo de vida y preservar la paz”.
Toda nación clama con fervor ante el mundo su interés irrevocable por la paz pero, desconfiando de las demás naciones, se arma hasta los dientes con la bandera de la auto-defensa. El resultado: un mundo que, sólo durante el siglo pasado, ha visto 110 millones de muertes relacionadas con la guerra; un mundo con una reserva de armas nucleares que equivale a 700 veces el poder explosivo utilizado en la Segunda Guerra Mundial, la guerra contra Corea y la de Vietnam, combinadas; un mundo que gasta 1.4 millones de dólares cada minuto en armas y en ejércitos (Sivard, citado por Mayers, 2001).
El conflicto –entendido como una incompatibilidad percibida de acciones, intereses o metas- es un fenómeno inherente a la condición humana. Aquellas posturas ideológicas que plantean la anulación del conflicto parten de una idea más bien pobre e ingenua. En una especie como la nuestra, el disentimiento y la diferencia se convierten en característica generalizada. Lo que hay que hacer con el conflicto no es evitarlo (¡imposible!), sino aprender a abordarlo de maneras constructivas. Una relación o una organización sin conflicto es, cuando menos, apática. El conflicto significa participación, compromiso, preocupación. Si es entendido y reconocido, el conflicto puede estimular renovadas y mejoradas relaciones humanas. Sin el conflicto, la gente rara vez tendría oportunidad de enfrentar y resolver sus problemas.
En términos generales, los elementos del conflicto son comunes a todas sus presentaciones y niveles, desde la carrera armamentista de las naciones, a la guerra de los serbios bosnios contra musulmanes, a los empleados asalariados que se disputan el aumento de sueldo, hasta la hostilidad y la bronca matrimonial. Estén en lo cierto o no, las personas inmersas en el conflicto tienden a percibir que la ganancia de un lado es, irremediablemente, la pérdida del otro.
Con cada brote bélico, un aluvión de respuestas y explicaciones políticas e históricas llueven sobre nosotros. Para explicar el conflicto se citan razones de todo tipo: balances económicos, diferencias religiosas, luchas de poder geopolítico, alianzas confusas y otras. Lo que comúnmente pasa desapercibido es que buena parte de la pregunta requiere de una respuesta que indague en la naturaleza humana y desvele los impulsos ocultos que nos llevan a disparar.
Para Lawrence LeShan, un psicólogo de los fenómenos militares, la posibilidad de la guerra reside de manera importante en las variables psicológicas de la población: los conflictos bélicos polarizan la percepción mental de la realidad, favoreciendo el aparecimiento de un “estado mítico”. Erickson describió el pensamiento mítico como aquel que divide al mundo en partes antagónicas sin posibilidad de tonos intermedios: lo blanco y lo negro, la verdad y la mentira, los buenos (nosotros) y los malos (ellos). Bajo el prisma mítico, el mundo pierde sus matices y se vuelve difícil cuestionar “el mal”, porque el mal existe y está encarnado en nuestros enemigos. Punto.
(Las religiones y los medios de comunicación son recursos utilizados con mucha frecuencia y con óptimos resultados para inducir al ambiente psicológico necesario para la guerra.)
Desde esta perspectiva, cuando entramos en el terreno mítico nuestros líderes están protegidos por una suerte de “factor teflón”: «Pronto olvidamos sus errores y creemos todo lo que nos dicen. La verdad está con nosotros; el enemigo miente. La presión social crece, y cualquiera que cuestione la guerra es un traidor o un hereje».
Y más aún: “La guerra seduce a mucha gente -reconoce LeShan-. Nos guste o no, los conflictos bélicos proporcionan algo que rara vez encontramos en la vida cotidiana: una gran intensidad y una sensación de pertenecer a “algo más grande”. Los insignificantes problemas personales desaparecen, el estrés social se disuelve en un cuerpo colectivo que parece más cohesionado, la vida cotidiana recobra un nuevo sentido, la toma de decisiones se vuelve más sencilla: o contribuyes al esfuerzo (bélico) de tu país o lo hieres.
Bajo el influjo de esta dicotomía ilusoria, “Dios”, la “Historia” o el “Destino” juegan entonces a nuestro favor, y estamos dispuestos a torturar, asesinar, matar de hambre al enemigo o bombardear centros civiles por el bien de la Humanidad. El mayor peligro reside en que, una vez que la mayoría de la población ha entrado en este “estado mítico” (y la escalada se suele producir al mismo tiempo en los dos bandos), no hay manera de frenar un conflicto bélico.
Si no somos capaces de deshebrar esta madeja de causas concatenadas, lo más probable es que lo que inició como un conflicto natural se convierta en un conflicto bélico: entonces ocurre el error de creer que el camino natural para resolver un conflicto consiste en el disparo y el golpe.
El primer paso consiste en rebelarnos contra la actitud, tan socorrida en la historia, de que la guerra forma parte de la naturaleza humana o de que es un ingrediente inevitable del proceso de socialización. LeShan escribe: “Hace 150 años, la esclavitud se veía como algo normal (…) la evolución social y la ruptura de viejos patrones deberían permitirnos hacer lo mismo con los conflictos bélicos”.
El mismo razonamiento puede ser aplicado a la violencia en niveles más personalizados. Matar a nuestro antagonista es la técnica más extrema para resolver un conflicto; nuestros ancestros lo supieron mucho antes de ser seres humanos. El homicidio es, por supuesto, un tema de vida o muerte para sus protagonistas, pero encierra además un profundo interés para quienes están indirectamente involucrados. De hecho, puede sostenerse que, frente a otros problemas sociales, invertimos una cantidad desproporcionada de atención, dinero e investigación en esclarecer, juzgar e informar homicidios. Vemos que el público consume con avidez casos criminales reales, y que la ficción policial es aún más popular. Sin embargo tenemos el más rudimentario conocimiento acerca de quién es capaz de matar y por qué (Daly y Wilson, 1988).
Bajo la amenaza de nuestra propia extinción, y usando el conocimiento de la psicología y de las ciencias sociales, deberíamos ser capaces de erradicar la guerra y sus derivados de menor escala. Un buen comienzo es la educación que desarrolla habilidades para la resolución de conflictos por vías menos desastrosas. Esta aproximación educativa deberá comprender que la paz en su sentido más positivo, es más que la supresión del conflicto abierto, más que la tensa y frágil “superficie en calma”. La paz es el resultado de un manejo creativo del conflicto.
Para infortunio nuestro, la especia humana ha optado por la vía contraria. Solemos creer que el camino para conseguir la paz pasa por la guerra, y que la manera de elevar los niveles de seguridad social consiste en acumular armas de fuego. Para prueba de ello no hay más que voltear hacia la gran cantidad de sociedades –incluyendo la nuestra- que han legislado la compra legal de armas de fuego a ciudadanos comunes, sin apenas esbozar una palabra contra la promoción de armas de uso doméstico.
IV. Una palabra contra la promoción de armas de uso doméstico
Las disposiciones normativas legales que permiten el comercio abierto de armas de fuego entre ciudadanos comunes y corrientes parten de la idea de que, en la medida en que un hogar cuente con una o dos pistolas, estará situado en mejores niveles de seguridad. Se sigue la lógica peligrosa de que al entregarle armas a la gente, ésta podrá entonces defenderse de los delincuentes y criminales. Pero se ignora el hecho básico de que unos y otros suelen ser la misma persona.
Los criminales no son una población homogénea, ni una “clase social” bien definida; la circunstancia hace al criminal. Si nos preguntamos por qué las personas se matan entre sí las respuestas pueden ser infinitas: porque las personas violentas fueron a su vez abusadas en la infancia; por la envidia generada por las injusticias sociales; por las penas que no son lo suficientemente severas; por los tumores cerebrales, los desequilibrios hormonales, las psicosis inducidas por el alcohol; porque las armas modernas desvían las inhibiciones y empatías naturales del cara-a-cara; porque la televisión está llena de violencia (Daly y Wilson, 1988).
Psiquiatras y psicólogos han intentado caracterizar la mente de “el asesino”, pero éste ha permanecido como una figura indefinida, verdaderamente ilusoria: muchos asesinos resultan ser sujetos ordinarios y se ha progresado mucho más al intentar explicar sus acciones en términos de la cultura y las circunstancias que en términos de la personalidad y la psicopatología. Dejando de lado al crimen organizado (cuyas armas están muy por encima de una o dos pistolitas) cualquiera de nosotros podemos caer en la delincuencia si las circunstancias nos orillan… y si contamos con un revólver en mano. La pistola de bolsilla hace la diferencia entre la riña de bar que acaba en un par de ojos hinchados y la que acaba en un par de muertos.
Además, antes de promover legalmente la compra de armas para todo mundo, deberíamos de ser capaces de responder satisfactoriamente a preguntas básicas como ¿en defensa de qué o de quién una persona normal puede matar?, ¿cuándo están las personas normales que enfrentan un conflicto preparadas para contemplar la posibilidad de violencia y por qué? Y -por supuesto- ¿quién y bajo qué indicadores debe ser considerado una persona normal? Curiosamente, la entidad que se pretende proteger con el acopio de armas –la familia- es precisamente una de las frecuentes generadoras de violencia en nuestra sociedad.
En un descuido, los países donde la gente ordinaria tiene el derecho de poseer armas para la seguridad personal caemos en la ironía de terminar colectivamente menos seguros que aquellos países donde la gente ordinaria no está armada.
Lo que nos queda entonces enfrente es declararle la guerra a las armas y a la violencia que éstas desencadenan. Ningún arma de fuego, por muy doméstica que sea, tiene otro fin que el de ser disparada. Paralelamente, ninguna guerra conseguirá sus objetivos míticos, ni tampoco hará del planeta un lugar más seguro, ni establecerá un nuevo orden mundial, ni creará una sociedad perfecta, ni mucho menos servirá para acabar con la guerra. La batalla a la que debemos asistir es la del disparo contra la bala y el golpe a la bofetada.
“El completo uso de nuestros recursos científicos es esencial si queremos ganar esta guerra”. Pero no hablamos de la ciencia de los explosivos y las radiaciones, de los disparos automatizados y las miras milimétricas. Hablamos de la ciencia del crecimiento personal y el desarrollo social, la ciencia del diálogo y el respeto mutuo.