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is essential if we are to win the war.
SCIENCE IN WAR, A Penguin Special
I. Soliloquio a partir de Verne
La ciencia ficción ha sido fuente anticipaciones y de vez en vez ha arrojado visiones proféticas. El extraordinario escritor francés Julio Verne es una clara prueba de ello. A lo largo de cuarenta y seis relatos de viajes igualmente extraordinarios, escritos en un espacio de 45 años, Verne dejó constancia de algunas de las temibles empresas en las que el ser humano habría de embarcarse en el futuro. El relato que nos interesa por ahora es De la Tierra a la Luna, escrito en 1865.
Además de la hazaña lunar, cristalizada cuando Neil Armstrong pisa la superficie del satélite de queso en 1969 -con un final, por cierto, mucho más feliz que el descrito en el relato verniano-, en las páginas de De la Tierra a la Luna puede encontrarse otra predicción que a menudo pasa desapercibida: la del Gun-Club.
El Gun-Club (que podríamos traducir como el Club de la Pistola), según nos cuenta Verne, fue una sociedad de “mucha influencia” establecida en Estados Unidos –específicamente en Baltimore- durante la guerra de Secesión.
Una ciudad entera dedicada al arte de la guerra y de las armas: no había comerciantes o zapateros o campesinos, sino capitanes, coroneles y generales. La actividad principal no era la producción, el almacenamiento o la distribución (ni siquiera el consumo) sino el ejercicio de la “ciencia de la balística”, la imaginación y la creatividad al servicio de los rifles y los cañones. Toda la energía y el talento de ese pueblo giraba en torno a la invención de obuses de más alcance, de morteros más mortíferos: el éxito de las empresas se medía con escudos destruidos, barreras atravesadas y vidas interrumpidas. La guerra era el objeto final de toda acción humana: desde el cabal ingeniero que elucubraba a partir de peso, distancia y número de cuerpos desollables, hasta el hábil forjador que, martillo en mano, moldeaba hierro y fuego para darles precisión letal.
Así se explican aquellos cañones gigantescos –escribe Verne-, mucho menos útiles que las máquinas de coser, pero no menos admirables y mucho más admirados (…) Los periódicos de la Unión celebraron con entusiasmo sus inventos, y no hubo ningún hortera, por insignificante que fuese, ni ningún cándido bobalicón que no se devanase día y noche los sesos calculando trayectorias destinadas.
Según las estadísticas proporcionadas por el texto verniano, a un mes de su fundación el Gun-Club contaba ya con 1,833 miembros efectivos y 30,575 socios correspondientes. El requisito sine qua non para acceder a tal sociedad era “haber ideado, o al menos perfeccionado un nuevo cañón o, a falta de cañón, un arma de fuego cualquiera. Pero fuerza es decir que los inventores de revólveres de quince tiros, de carabinas de repetición o de sables-pistolas no eran muy considerados. En todas las circunstancias los artilleros privaban y merecían la preferencia”.
Se dice que tal dedicación y esmero en los asuntos bélicos era a todas luces evidente. La población del Gun-Club era asidua usuaria de toda suerte de prótesis y remiendas tales como muletas, brazos artificiales, manos postizas, mandíbulas de goma, piernas de palo y cráneos de plata. Los cuerpos exhibían con orgullo el vestigio de su loable tarea, como la mano callosa delata al campesino: se calculó que en el Gun-Club no había, a lo sumo, “más que un brazo por cada cuatro personas y dos piernas por cada seis”.
En resumidas cuentas: “la única preocupación de aquella sociedad científica fue la destrucción de la humanidad con un fin filantrópico, y el perfeccionamiento de las armas de guerra consideradas como instrumentos de la civilización (…) Aquella sociedad era una reunión de ángeles exterminadores, hombres de bien a carta cabal”.
He aquí la segunda y menos citada profecía de De la Tierra a la Luna. Guardando todas las proporciones, el panorama que dibuja Verne alcanza a sugerir la industria bélica que florece en el mundo de hoy, donde la guerra se ha vuelto un vicio y un negocio, donde se gasta más de 1 billón de dólares al año en la producción y acopio de armas de todo tipo, que han logrado superar por mucho la imaginación verniana.
Por si se dudara del genio anticipatorio de Julio Verne, el Gun-Club se situó en Estados Unidos, el país con la vida militar más activa del mundo contemporáneo; el país donde el presupuesto para la defensa y el desarrollo militar ocupa los primeros puestos entre las prioridades para la construcción de la nación; el país que ha apostado a la guerra sistemática como modus vivendi. Pero, una vez más, la realidad supera a la imaginación y es un hecho que el culto por las armas y su uso no es privativo de los Estados Unidos, sino una característica cada vez más común en la vida del planeta: la respuesta generalizada ante el peligro o el choque es el disparo, bien sea éste de un misil intercontinental o de un revólver de bolsillo.
Para los coleccionistas o los cazadores de torcacitas las armas no representan un problema mayor. Esta opinión es compartida por los empresarios de estos aparatos bélicos, que han logrado convertir el mercado de la guerra en uno de los más rentables del mundo. Pero resulta que las armas sí representan problema cuando se les mira desde una perspectiva diferente a la del dinero. Y es mucho mayor el problema cuando a la existencia del arsenal se le añade el ingrediente apocalíptico del conflicto humano: esta combinación resulta verdaderamente nuclear. Para vida de corroborar semejante afirmación sólo basta con echar un vistazo a la nada breve historia de las armas.
II. Breve historia de las armas
En el principio fue la piedra. La mano que apenas pudo asir, en poco tiempo le buscó un filo cortante y la piedra, en su forma más rudimentaria se convirtió –además de en utensilio- en arma. Vaya uno a saber sino serán ambas una misma cosa. Luego se le añaden a la piedra mangos de madera o hueso para hacer su uso más efectivo y la madera pasa también a formar parte de los recursos armamentistas. Hacia el Paleolítico, estas armas empleadas por el ser humano fueron necesarias para sobrevivir en un mundo poblado de grandes y feroces animales sin descartar por supuesto la lucha entre tribus: la que disponía de más armas tenía más poder (¿suena familiar?).
Luego el fuego, que junto con la madera y la piedra sentaron las bases para la supremacía del ser humano sobre cualquier otra forma de vida en el planeta, incluyendo su vida propia. En el Neolítico aparecieron el arco y la flecha, que hicieron posible el ataque a distancias crecientes mientras se desarrollaba y se afinaba su potencia. La flecha dio origen al escudo y a la armadura que fueron necesarios para protegerse de los ataques.
Paradójicamente, en la medida en que la “civilización” iba ganando terreno y nos alejábamos del tribal salvajismo ancestral, emergieron organizaciones políticas y propiedades que dieron origen a divergencias entre los hombres, divergencias que fueron dirimidas y siguen dirimiéndose a fuerza de palos. Estallaron primero las batallas entre tribus caracterizadas por ser más bien inofensivas si las comparamos, claro está, con lo que sucedería luego en las grandes guerras entre naciones y continentes. Estos altercados masivos nos obligaron a pensar en una estrategia de defensa colectiva: la muralla.
En términos simples, la muralla es un instrumento defensivo que consiste en un muro de contención- más eficaz cuanto más alto y cercando la comunidad que se desea proteger. El principio fundamental de este instrumento de defensa remite a los altos muros que rodean las grandes residencias urbanas de nuestro tiempo, utilizados también para proteger el pequeño nicho de armonía y lujo, y aislarlo del mundo peligroso y atroz que existe allá afuera.
También tuvimos la ocurrencia de hacer combinaciones macabras: “hombre-caballo-flecha” se convirtió en un artefacto invencible en su tiempo. Con este combo, los hicsos vencieron trágicamente al gran imperio egipcio, a pesar de ser los primeros un pueblo menor en número y adiestramiento cultural y científico. Pero no todo dura para siempre, y menos cuando se trata de avances bélicos. Las máquinas de elevación superaron muchos inconvenientes de las armas previas y se pusieron a la vanguardia de la destrucción. Los romanos habían encontrado maneras eficaces de verter piedras y betún ardiendo al interior de las ciudades de sus enemigos desde una distancia cómoda. El onagro, la catapulta y la balista se convirtieron en recursos principales en mitad de las batallas. Después de mucho más tiempo, en el medioevo, las hazañas del caballero medieval dieron origen a una abundante literatura fantástica y, en un afortunado equilibrio, a pocos desarrollos armamentistas.
Durante seiscientos años permanecieron, sin variación sustancial, las armas del caballero. La mayoría consistían en artefactos de metal para la defensa y el ataque personal: escudos, espadas, lanzas y cotas de hierro, incapaces de lastimar un par de molinos. El uso del arco y la ballesta marcaron el inicio de la de el decadencia de la caballería feudal. Más tarde, la pólvora y la infantería organizada le darían el tiro de gracia.
Luego ¡Bum!: las armas de fuego. Éstas son una consecuencia aplicada del invento de la pólvora, atribuido a los chinos aunque su origen aún se debate: algo de alquimia, monjes y árabes hay en las leyendas. El caso es que hacia el 1300 ya existían en occidente cañones de uso cotidiano en los enfrentamientos. Más aún, hacia 1350 ya se habían diseñado armas livianas que se difuminaron en una especie de cultura global armamentista: los alemanes tenían el hacken büsche, los ingleses el hackbut, los franceses el arquebuse, los italianos el arquebugio y nosotros, los mexicanitos, el arcabuz. El resto es historia.
Pero la historia de las armas de la humanidad que viene de la piedra y el hacha de sílex, no termina con el descubrimiento de la bomba atómica, la bomba de neutrones y la puesta en escena de los misiles intercontinentales. Gracias a la ingeniería genética, en los laboratorios militares se cuece hoy –de manera encubierta, por supuesto- una nueva generación de armas biológicas que puede superar las fantasías de todos los genios de la ciencia ficción.
¿Qué hemos hecho con esta compañera sempiterna, el arma?, ¿es acaso un utensilio necesario para la evolución y la civilización humanas o, más aún, causa de éstas? La certeza que nos deja la historia es sencilla: las armas han estado con nosotros desde siempre, se han interpolado con nuestra propia historia, las hemos producido en cantidades colosales y las hemos usado de manera recurrente para dirimir diferencias o ahogar conflictos.
Las historias oficiales, que buscan culpar a unos y exhumar a otros, responsabilizar de virtudes o satanizar con saña, repartir títulos de grandeza o nimiedad caen en dos falacias comunes y bastante corrientes: 1) Creer que el uso de las armas fue el único camino (sin alternativas) para avanzar en la historia, por el hecho de que había armas: es decir, ignorar el hecho básico de que las armas se usan, en primer lugar, porque fueron producidas para ser usadas (si se suprime la producción de armas se conduce a caminos alternativos para la solución del conflicto)-; y 2) creer que el conflicto es un fenómeno asilado que forma parte más bien de las excepciones de los eventos históricos y no de la norma, y creer indefectiblemente que en cada conflicto hay una parte que representa el absoluto bien y otra que (siempre es la enemiga, por supuesto) representa el error y la maldad. De esta manera ignoramos otro hecho básico: con independencia de nuestros valores y nuestros actos, el conflicto es una natural potencialidad humana, es un evento inherente a nuestra naturaleza como especie, y no el delicado problema de unos cuantos. En suma, el conflicto somos todos.
III. El conflicto somos todos
Why should a species that has learned to eradicate germs, fly like birds,
and beam sound waves around the planet
prove unable to master the trick of peaceful co-existence?
LAWRENCE LESHAN, Psychology of War
Existe un discurso que ha sido repetido de manera más o menos fiel por líderes de diferentes sociedades, en distintas épocas. Palabras más, palabras menos, dice así: “Las intenciones de nuestro país son absolutamente pacíficas. Sin embargo, somos conscientes de que otras naciones –con sus nuevas armas- nos amenazan. Por lo tanto, debemos defendernos y responder al ataque. Sólo así podremos proteger nuestro estilo de vida y preservar la paz”.
Toda nación clama con fervor ante el mundo su interés irrevocable por la paz pero, desconfiando de las demás naciones, se arma hasta los dientes con la bandera de la auto-defensa. El resultado: un mundo que, sólo durante el siglo pasado, ha visto 110 millones de muertes relacionadas con la guerra; un mundo con una reserva de armas nucleares que equivale a 700 veces el poder explosivo utilizado en la Segunda Guerra Mundial, la guerra contra Corea y la de Vietnam, combinadas; un mundo que gasta 1.4 millones de dólares cada minuto en armas y en ejércitos (Sivard, citado por Mayers, 2001).
El conflicto –entendido como una incompatibilidad percibida de acciones, intereses o metas- es un fenómeno inherente a la condición humana. Aquellas posturas ideológicas que plantean la anulación del conflicto parten de una idea más bien pobre e ingenua. En una especie como la nuestra, el disentimiento y la diferencia se convierten en característica generalizada. Lo que hay que hacer con el conflicto no es evitarlo (¡imposible!), sino aprender a abordarlo de maneras constructivas. Una relación o una organización sin conflicto es, cuando menos, apática. El conflicto significa participación, compromiso, preocupación. Si es entendido y reconocido, el conflicto puede estimular renovadas y mejoradas relaciones humanas. Sin el conflicto, la gente rara vez tendría oportunidad de enfrentar y resolver sus problemas.
En términos generales, los elementos del conflicto son comunes a todas sus presentaciones y niveles, desde la carrera armamentista de las naciones, a la guerra de los serbios bosnios contra musulmanes, a los empleados asalariados que se disputan el aumento de sueldo, hasta la hostilidad y la bronca matrimonial. Estén en lo cierto o no, las personas inmersas en el conflicto tienden a percibir que la ganancia de un lado es, irremediablemente, la pérdida del otro.
Con cada brote bélico, un aluvión de respuestas y explicaciones políticas e históricas llueven sobre nosotros. Para explicar el conflicto se citan razones de todo tipo: balances económicos, diferencias religiosas, luchas de poder geopolítico, alianzas confusas y otras. Lo que comúnmente pasa desapercibido es que buena parte de la pregunta requiere de una respuesta que indague en la naturaleza humana y desvele los impulsos ocultos que nos llevan a disparar.
Para Lawrence LeShan, un psicólogo de los fenómenos militares, la posibilidad de la guerra reside de manera importante en las variables psicológicas de la población: los conflictos bélicos polarizan la percepción mental de la realidad, favoreciendo el aparecimiento de un “estado mítico”. Erickson describió el pensamiento mítico como aquel que divide al mundo en partes antagónicas sin posibilidad de tonos intermedios: lo blanco y lo negro, la verdad y la mentira, los buenos (nosotros) y los malos (ellos). Bajo el prisma mítico, el mundo pierde sus matices y se vuelve difícil cuestionar “el mal”, porque el mal existe y está encarnado en nuestros enemigos. Punto.
(Las religiones y los medios de comunicación son recursos utilizados con mucha frecuencia y con óptimos resultados para inducir al ambiente psicológico necesario para la guerra.)
Desde esta perspectiva, cuando entramos en el terreno mítico nuestros líderes están protegidos por una suerte de “factor teflón”: «Pronto olvidamos sus errores y creemos todo lo que nos dicen. La verdad está con nosotros; el enemigo miente. La presión social crece, y cualquiera que cuestione la guerra es un traidor o un hereje».
Y más aún: “La guerra seduce a mucha gente -reconoce LeShan-. Nos guste o no, los conflictos bélicos proporcionan algo que rara vez encontramos en la vida cotidiana: una gran intensidad y una sensación de pertenecer a “algo más grande”. Los insignificantes problemas personales desaparecen, el estrés social se disuelve en un cuerpo colectivo que parece más cohesionado, la vida cotidiana recobra un nuevo sentido, la toma de decisiones se vuelve más sencilla: o contribuyes al esfuerzo (bélico) de tu país o lo hieres.
Bajo el influjo de esta dicotomía ilusoria, “Dios”, la “Historia” o el “Destino” juegan entonces a nuestro favor, y estamos dispuestos a torturar, asesinar, matar de hambre al enemigo o bombardear centros civiles por el bien de la Humanidad. El mayor peligro reside en que, una vez que la mayoría de la población ha entrado en este “estado mítico” (y la escalada se suele producir al mismo tiempo en los dos bandos), no hay manera de frenar un conflicto bélico.
Si no somos capaces de deshebrar esta madeja de causas concatenadas, lo más probable es que lo que inició como un conflicto natural se convierta en un conflicto bélico: entonces ocurre el error de creer que el camino natural para resolver un conflicto consiste en el disparo y el golpe.
El primer paso consiste en rebelarnos contra la actitud, tan socorrida en la historia, de que la guerra forma parte de la naturaleza humana o de que es un ingrediente inevitable del proceso de socialización. LeShan escribe: “Hace 150 años, la esclavitud se veía como algo normal (…) la evolución social y la ruptura de viejos patrones deberían permitirnos hacer lo mismo con los conflictos bélicos”.
El mismo razonamiento puede ser aplicado a la violencia en niveles más personalizados. Matar a nuestro antagonista es la técnica más extrema para resolver un conflicto; nuestros ancestros lo supieron mucho antes de ser seres humanos. El homicidio es, por supuesto, un tema de vida o muerte para sus protagonistas, pero encierra además un profundo interés para quienes están indirectamente involucrados. De hecho, puede sostenerse que, frente a otros problemas sociales, invertimos una cantidad desproporcionada de atención, dinero e investigación en esclarecer, juzgar e informar homicidios. Vemos que el público consume con avidez casos criminales reales, y que la ficción policial es aún más popular. Sin embargo tenemos el más rudimentario conocimiento acerca de quién es capaz de matar y por qué (Daly y Wilson, 1988).
Bajo la amenaza de nuestra propia extinción, y usando el conocimiento de la psicología y de las ciencias sociales, deberíamos ser capaces de erradicar la guerra y sus derivados de menor escala. Un buen comienzo es la educación que desarrolla habilidades para la resolución de conflictos por vías menos desastrosas. Esta aproximación educativa deberá comprender que la paz en su sentido más positivo, es más que la supresión del conflicto abierto, más que la tensa y frágil “superficie en calma”. La paz es el resultado de un manejo creativo del conflicto.
Para infortunio nuestro, la especia humana ha optado por la vía contraria. Solemos creer que el camino para conseguir la paz pasa por la guerra, y que la manera de elevar los niveles de seguridad social consiste en acumular armas de fuego. Para prueba de ello no hay más que voltear hacia la gran cantidad de sociedades –incluyendo la nuestra- que han legislado la compra legal de armas de fuego a ciudadanos comunes, sin apenas esbozar una palabra contra la promoción de armas de uso doméstico.
IV. Una palabra contra la promoción de armas de uso doméstico
Las disposiciones normativas legales que permiten el comercio abierto de armas de fuego entre ciudadanos comunes y corrientes parten de la idea de que, en la medida en que un hogar cuente con una o dos pistolas, estará situado en mejores niveles de seguridad. Se sigue la lógica peligrosa de que al entregarle armas a la gente, ésta podrá entonces defenderse de los delincuentes y criminales. Pero se ignora el hecho básico de que unos y otros suelen ser la misma persona.
Los criminales no son una población homogénea, ni una “clase social” bien definida; la circunstancia hace al criminal. Si nos preguntamos por qué las personas se matan entre sí las respuestas pueden ser infinitas: porque las personas violentas fueron a su vez abusadas en la infancia; por la envidia generada por las injusticias sociales; por las penas que no son lo suficientemente severas; por los tumores cerebrales, los desequilibrios hormonales, las psicosis inducidas por el alcohol; porque las armas modernas desvían las inhibiciones y empatías naturales del cara-a-cara; porque la televisión está llena de violencia (Daly y Wilson, 1988).
Psiquiatras y psicólogos han intentado caracterizar la mente de “el asesino”, pero éste ha permanecido como una figura indefinida, verdaderamente ilusoria: muchos asesinos resultan ser sujetos ordinarios y se ha progresado mucho más al intentar explicar sus acciones en términos de la cultura y las circunstancias que en términos de la personalidad y la psicopatología. Dejando de lado al crimen organizado (cuyas armas están muy por encima de una o dos pistolitas) cualquiera de nosotros podemos caer en la delincuencia si las circunstancias nos orillan… y si contamos con un revólver en mano. La pistola de bolsilla hace la diferencia entre la riña de bar que acaba en un par de ojos hinchados y la que acaba en un par de muertos.
Además, antes de promover legalmente la compra de armas para todo mundo, deberíamos de ser capaces de responder satisfactoriamente a preguntas básicas como ¿en defensa de qué o de quién una persona normal puede matar?, ¿cuándo están las personas normales que enfrentan un conflicto preparadas para contemplar la posibilidad de violencia y por qué? Y -por supuesto- ¿quién y bajo qué indicadores debe ser considerado una persona normal? Curiosamente, la entidad que se pretende proteger con el acopio de armas –la familia- es precisamente una de las frecuentes generadoras de violencia en nuestra sociedad.
En un descuido, los países donde la gente ordinaria tiene el derecho de poseer armas para la seguridad personal caemos en la ironía de terminar colectivamente menos seguros que aquellos países donde la gente ordinaria no está armada.
Lo que nos queda entonces enfrente es declararle la guerra a las armas y a la violencia que éstas desencadenan. Ningún arma de fuego, por muy doméstica que sea, tiene otro fin que el de ser disparada. Paralelamente, ninguna guerra conseguirá sus objetivos míticos, ni tampoco hará del planeta un lugar más seguro, ni establecerá un nuevo orden mundial, ni creará una sociedad perfecta, ni mucho menos servirá para acabar con la guerra. La batalla a la que debemos asistir es la del disparo contra la bala y el golpe a la bofetada.
“El completo uso de nuestros recursos científicos es esencial si queremos ganar esta guerra”. Pero no hablamos de la ciencia de los explosivos y las radiaciones, de los disparos automatizados y las miras milimétricas. Hablamos de la ciencia del crecimiento personal y el desarrollo social, la ciencia del diálogo y el respeto mutuo.
is essential if we are to win the war.
SCIENCE IN WAR, A Penguin Special
I. Soliloquio a partir de Verne
La ciencia ficción ha sido fuente anticipaciones y de vez en vez ha arrojado visiones proféticas. El extraordinario escritor francés Julio Verne es una clara prueba de ello. A lo largo de cuarenta y seis relatos de viajes igualmente extraordinarios, escritos en un espacio de 45 años, Verne dejó constancia de algunas de las temibles empresas en las que el ser humano habría de embarcarse en el futuro. El relato que nos interesa por ahora es De la Tierra a la Luna, escrito en 1865.
Además de la hazaña lunar, cristalizada cuando Neil Armstrong pisa la superficie del satélite de queso en 1969 -con un final, por cierto, mucho más feliz que el descrito en el relato verniano-, en las páginas de De la Tierra a la Luna puede encontrarse otra predicción que a menudo pasa desapercibida: la del Gun-Club.
El Gun-Club (que podríamos traducir como el Club de la Pistola), según nos cuenta Verne, fue una sociedad de “mucha influencia” establecida en Estados Unidos –específicamente en Baltimore- durante la guerra de Secesión.
Una ciudad entera dedicada al arte de la guerra y de las armas: no había comerciantes o zapateros o campesinos, sino capitanes, coroneles y generales. La actividad principal no era la producción, el almacenamiento o la distribución (ni siquiera el consumo) sino el ejercicio de la “ciencia de la balística”, la imaginación y la creatividad al servicio de los rifles y los cañones. Toda la energía y el talento de ese pueblo giraba en torno a la invención de obuses de más alcance, de morteros más mortíferos: el éxito de las empresas se medía con escudos destruidos, barreras atravesadas y vidas interrumpidas. La guerra era el objeto final de toda acción humana: desde el cabal ingeniero que elucubraba a partir de peso, distancia y número de cuerpos desollables, hasta el hábil forjador que, martillo en mano, moldeaba hierro y fuego para darles precisión letal.
Así se explican aquellos cañones gigantescos –escribe Verne-, mucho menos útiles que las máquinas de coser, pero no menos admirables y mucho más admirados (…) Los periódicos de la Unión celebraron con entusiasmo sus inventos, y no hubo ningún hortera, por insignificante que fuese, ni ningún cándido bobalicón que no se devanase día y noche los sesos calculando trayectorias destinadas.
Según las estadísticas proporcionadas por el texto verniano, a un mes de su fundación el Gun-Club contaba ya con 1,833 miembros efectivos y 30,575 socios correspondientes. El requisito sine qua non para acceder a tal sociedad era “haber ideado, o al menos perfeccionado un nuevo cañón o, a falta de cañón, un arma de fuego cualquiera. Pero fuerza es decir que los inventores de revólveres de quince tiros, de carabinas de repetición o de sables-pistolas no eran muy considerados. En todas las circunstancias los artilleros privaban y merecían la preferencia”.
Se dice que tal dedicación y esmero en los asuntos bélicos era a todas luces evidente. La población del Gun-Club era asidua usuaria de toda suerte de prótesis y remiendas tales como muletas, brazos artificiales, manos postizas, mandíbulas de goma, piernas de palo y cráneos de plata. Los cuerpos exhibían con orgullo el vestigio de su loable tarea, como la mano callosa delata al campesino: se calculó que en el Gun-Club no había, a lo sumo, “más que un brazo por cada cuatro personas y dos piernas por cada seis”.
En resumidas cuentas: “la única preocupación de aquella sociedad científica fue la destrucción de la humanidad con un fin filantrópico, y el perfeccionamiento de las armas de guerra consideradas como instrumentos de la civilización (…) Aquella sociedad era una reunión de ángeles exterminadores, hombres de bien a carta cabal”.
He aquí la segunda y menos citada profecía de De la Tierra a la Luna. Guardando todas las proporciones, el panorama que dibuja Verne alcanza a sugerir la industria bélica que florece en el mundo de hoy, donde la guerra se ha vuelto un vicio y un negocio, donde se gasta más de 1 billón de dólares al año en la producción y acopio de armas de todo tipo, que han logrado superar por mucho la imaginación verniana.
Por si se dudara del genio anticipatorio de Julio Verne, el Gun-Club se situó en Estados Unidos, el país con la vida militar más activa del mundo contemporáneo; el país donde el presupuesto para la defensa y el desarrollo militar ocupa los primeros puestos entre las prioridades para la construcción de la nación; el país que ha apostado a la guerra sistemática como modus vivendi. Pero, una vez más, la realidad supera a la imaginación y es un hecho que el culto por las armas y su uso no es privativo de los Estados Unidos, sino una característica cada vez más común en la vida del planeta: la respuesta generalizada ante el peligro o el choque es el disparo, bien sea éste de un misil intercontinental o de un revólver de bolsillo.
Para los coleccionistas o los cazadores de torcacitas las armas no representan un problema mayor. Esta opinión es compartida por los empresarios de estos aparatos bélicos, que han logrado convertir el mercado de la guerra en uno de los más rentables del mundo. Pero resulta que las armas sí representan problema cuando se les mira desde una perspectiva diferente a la del dinero. Y es mucho mayor el problema cuando a la existencia del arsenal se le añade el ingrediente apocalíptico del conflicto humano: esta combinación resulta verdaderamente nuclear. Para vida de corroborar semejante afirmación sólo basta con echar un vistazo a la nada breve historia de las armas.
II. Breve historia de las armas
En el principio fue la piedra. La mano que apenas pudo asir, en poco tiempo le buscó un filo cortante y la piedra, en su forma más rudimentaria se convirtió –además de en utensilio- en arma. Vaya uno a saber sino serán ambas una misma cosa. Luego se le añaden a la piedra mangos de madera o hueso para hacer su uso más efectivo y la madera pasa también a formar parte de los recursos armamentistas. Hacia el Paleolítico, estas armas empleadas por el ser humano fueron necesarias para sobrevivir en un mundo poblado de grandes y feroces animales sin descartar por supuesto la lucha entre tribus: la que disponía de más armas tenía más poder (¿suena familiar?).
Luego el fuego, que junto con la madera y la piedra sentaron las bases para la supremacía del ser humano sobre cualquier otra forma de vida en el planeta, incluyendo su vida propia. En el Neolítico aparecieron el arco y la flecha, que hicieron posible el ataque a distancias crecientes mientras se desarrollaba y se afinaba su potencia. La flecha dio origen al escudo y a la armadura que fueron necesarios para protegerse de los ataques.
Paradójicamente, en la medida en que la “civilización” iba ganando terreno y nos alejábamos del tribal salvajismo ancestral, emergieron organizaciones políticas y propiedades que dieron origen a divergencias entre los hombres, divergencias que fueron dirimidas y siguen dirimiéndose a fuerza de palos. Estallaron primero las batallas entre tribus caracterizadas por ser más bien inofensivas si las comparamos, claro está, con lo que sucedería luego en las grandes guerras entre naciones y continentes. Estos altercados masivos nos obligaron a pensar en una estrategia de defensa colectiva: la muralla.
En términos simples, la muralla es un instrumento defensivo que consiste en un muro de contención- más eficaz cuanto más alto y cercando la comunidad que se desea proteger. El principio fundamental de este instrumento de defensa remite a los altos muros que rodean las grandes residencias urbanas de nuestro tiempo, utilizados también para proteger el pequeño nicho de armonía y lujo, y aislarlo del mundo peligroso y atroz que existe allá afuera.
También tuvimos la ocurrencia de hacer combinaciones macabras: “hombre-caballo-flecha” se convirtió en un artefacto invencible en su tiempo. Con este combo, los hicsos vencieron trágicamente al gran imperio egipcio, a pesar de ser los primeros un pueblo menor en número y adiestramiento cultural y científico. Pero no todo dura para siempre, y menos cuando se trata de avances bélicos. Las máquinas de elevación superaron muchos inconvenientes de las armas previas y se pusieron a la vanguardia de la destrucción. Los romanos habían encontrado maneras eficaces de verter piedras y betún ardiendo al interior de las ciudades de sus enemigos desde una distancia cómoda. El onagro, la catapulta y la balista se convirtieron en recursos principales en mitad de las batallas. Después de mucho más tiempo, en el medioevo, las hazañas del caballero medieval dieron origen a una abundante literatura fantástica y, en un afortunado equilibrio, a pocos desarrollos armamentistas.
Durante seiscientos años permanecieron, sin variación sustancial, las armas del caballero. La mayoría consistían en artefactos de metal para la defensa y el ataque personal: escudos, espadas, lanzas y cotas de hierro, incapaces de lastimar un par de molinos. El uso del arco y la ballesta marcaron el inicio de la de el decadencia de la caballería feudal. Más tarde, la pólvora y la infantería organizada le darían el tiro de gracia.
Luego ¡Bum!: las armas de fuego. Éstas son una consecuencia aplicada del invento de la pólvora, atribuido a los chinos aunque su origen aún se debate: algo de alquimia, monjes y árabes hay en las leyendas. El caso es que hacia el 1300 ya existían en occidente cañones de uso cotidiano en los enfrentamientos. Más aún, hacia 1350 ya se habían diseñado armas livianas que se difuminaron en una especie de cultura global armamentista: los alemanes tenían el hacken büsche, los ingleses el hackbut, los franceses el arquebuse, los italianos el arquebugio y nosotros, los mexicanitos, el arcabuz. El resto es historia.
Pero la historia de las armas de la humanidad que viene de la piedra y el hacha de sílex, no termina con el descubrimiento de la bomba atómica, la bomba de neutrones y la puesta en escena de los misiles intercontinentales. Gracias a la ingeniería genética, en los laboratorios militares se cuece hoy –de manera encubierta, por supuesto- una nueva generación de armas biológicas que puede superar las fantasías de todos los genios de la ciencia ficción.
¿Qué hemos hecho con esta compañera sempiterna, el arma?, ¿es acaso un utensilio necesario para la evolución y la civilización humanas o, más aún, causa de éstas? La certeza que nos deja la historia es sencilla: las armas han estado con nosotros desde siempre, se han interpolado con nuestra propia historia, las hemos producido en cantidades colosales y las hemos usado de manera recurrente para dirimir diferencias o ahogar conflictos.
Las historias oficiales, que buscan culpar a unos y exhumar a otros, responsabilizar de virtudes o satanizar con saña, repartir títulos de grandeza o nimiedad caen en dos falacias comunes y bastante corrientes: 1) Creer que el uso de las armas fue el único camino (sin alternativas) para avanzar en la historia, por el hecho de que había armas: es decir, ignorar el hecho básico de que las armas se usan, en primer lugar, porque fueron producidas para ser usadas (si se suprime la producción de armas se conduce a caminos alternativos para la solución del conflicto)-; y 2) creer que el conflicto es un fenómeno asilado que forma parte más bien de las excepciones de los eventos históricos y no de la norma, y creer indefectiblemente que en cada conflicto hay una parte que representa el absoluto bien y otra que (siempre es la enemiga, por supuesto) representa el error y la maldad. De esta manera ignoramos otro hecho básico: con independencia de nuestros valores y nuestros actos, el conflicto es una natural potencialidad humana, es un evento inherente a nuestra naturaleza como especie, y no el delicado problema de unos cuantos. En suma, el conflicto somos todos.
III. El conflicto somos todos
Why should a species that has learned to eradicate germs, fly like birds,
and beam sound waves around the planet
prove unable to master the trick of peaceful co-existence?
LAWRENCE LESHAN, Psychology of War
Existe un discurso que ha sido repetido de manera más o menos fiel por líderes de diferentes sociedades, en distintas épocas. Palabras más, palabras menos, dice así: “Las intenciones de nuestro país son absolutamente pacíficas. Sin embargo, somos conscientes de que otras naciones –con sus nuevas armas- nos amenazan. Por lo tanto, debemos defendernos y responder al ataque. Sólo así podremos proteger nuestro estilo de vida y preservar la paz”.
Toda nación clama con fervor ante el mundo su interés irrevocable por la paz pero, desconfiando de las demás naciones, se arma hasta los dientes con la bandera de la auto-defensa. El resultado: un mundo que, sólo durante el siglo pasado, ha visto 110 millones de muertes relacionadas con la guerra; un mundo con una reserva de armas nucleares que equivale a 700 veces el poder explosivo utilizado en la Segunda Guerra Mundial, la guerra contra Corea y la de Vietnam, combinadas; un mundo que gasta 1.4 millones de dólares cada minuto en armas y en ejércitos (Sivard, citado por Mayers, 2001).
El conflicto –entendido como una incompatibilidad percibida de acciones, intereses o metas- es un fenómeno inherente a la condición humana. Aquellas posturas ideológicas que plantean la anulación del conflicto parten de una idea más bien pobre e ingenua. En una especie como la nuestra, el disentimiento y la diferencia se convierten en característica generalizada. Lo que hay que hacer con el conflicto no es evitarlo (¡imposible!), sino aprender a abordarlo de maneras constructivas. Una relación o una organización sin conflicto es, cuando menos, apática. El conflicto significa participación, compromiso, preocupación. Si es entendido y reconocido, el conflicto puede estimular renovadas y mejoradas relaciones humanas. Sin el conflicto, la gente rara vez tendría oportunidad de enfrentar y resolver sus problemas.
En términos generales, los elementos del conflicto son comunes a todas sus presentaciones y niveles, desde la carrera armamentista de las naciones, a la guerra de los serbios bosnios contra musulmanes, a los empleados asalariados que se disputan el aumento de sueldo, hasta la hostilidad y la bronca matrimonial. Estén en lo cierto o no, las personas inmersas en el conflicto tienden a percibir que la ganancia de un lado es, irremediablemente, la pérdida del otro.
Con cada brote bélico, un aluvión de respuestas y explicaciones políticas e históricas llueven sobre nosotros. Para explicar el conflicto se citan razones de todo tipo: balances económicos, diferencias religiosas, luchas de poder geopolítico, alianzas confusas y otras. Lo que comúnmente pasa desapercibido es que buena parte de la pregunta requiere de una respuesta que indague en la naturaleza humana y desvele los impulsos ocultos que nos llevan a disparar.
Para Lawrence LeShan, un psicólogo de los fenómenos militares, la posibilidad de la guerra reside de manera importante en las variables psicológicas de la población: los conflictos bélicos polarizan la percepción mental de la realidad, favoreciendo el aparecimiento de un “estado mítico”. Erickson describió el pensamiento mítico como aquel que divide al mundo en partes antagónicas sin posibilidad de tonos intermedios: lo blanco y lo negro, la verdad y la mentira, los buenos (nosotros) y los malos (ellos). Bajo el prisma mítico, el mundo pierde sus matices y se vuelve difícil cuestionar “el mal”, porque el mal existe y está encarnado en nuestros enemigos. Punto.
(Las religiones y los medios de comunicación son recursos utilizados con mucha frecuencia y con óptimos resultados para inducir al ambiente psicológico necesario para la guerra.)
Desde esta perspectiva, cuando entramos en el terreno mítico nuestros líderes están protegidos por una suerte de “factor teflón”: «Pronto olvidamos sus errores y creemos todo lo que nos dicen. La verdad está con nosotros; el enemigo miente. La presión social crece, y cualquiera que cuestione la guerra es un traidor o un hereje».
Y más aún: “La guerra seduce a mucha gente -reconoce LeShan-. Nos guste o no, los conflictos bélicos proporcionan algo que rara vez encontramos en la vida cotidiana: una gran intensidad y una sensación de pertenecer a “algo más grande”. Los insignificantes problemas personales desaparecen, el estrés social se disuelve en un cuerpo colectivo que parece más cohesionado, la vida cotidiana recobra un nuevo sentido, la toma de decisiones se vuelve más sencilla: o contribuyes al esfuerzo (bélico) de tu país o lo hieres.
Bajo el influjo de esta dicotomía ilusoria, “Dios”, la “Historia” o el “Destino” juegan entonces a nuestro favor, y estamos dispuestos a torturar, asesinar, matar de hambre al enemigo o bombardear centros civiles por el bien de la Humanidad. El mayor peligro reside en que, una vez que la mayoría de la población ha entrado en este “estado mítico” (y la escalada se suele producir al mismo tiempo en los dos bandos), no hay manera de frenar un conflicto bélico.
Si no somos capaces de deshebrar esta madeja de causas concatenadas, lo más probable es que lo que inició como un conflicto natural se convierta en un conflicto bélico: entonces ocurre el error de creer que el camino natural para resolver un conflicto consiste en el disparo y el golpe.
El primer paso consiste en rebelarnos contra la actitud, tan socorrida en la historia, de que la guerra forma parte de la naturaleza humana o de que es un ingrediente inevitable del proceso de socialización. LeShan escribe: “Hace 150 años, la esclavitud se veía como algo normal (…) la evolución social y la ruptura de viejos patrones deberían permitirnos hacer lo mismo con los conflictos bélicos”.
El mismo razonamiento puede ser aplicado a la violencia en niveles más personalizados. Matar a nuestro antagonista es la técnica más extrema para resolver un conflicto; nuestros ancestros lo supieron mucho antes de ser seres humanos. El homicidio es, por supuesto, un tema de vida o muerte para sus protagonistas, pero encierra además un profundo interés para quienes están indirectamente involucrados. De hecho, puede sostenerse que, frente a otros problemas sociales, invertimos una cantidad desproporcionada de atención, dinero e investigación en esclarecer, juzgar e informar homicidios. Vemos que el público consume con avidez casos criminales reales, y que la ficción policial es aún más popular. Sin embargo tenemos el más rudimentario conocimiento acerca de quién es capaz de matar y por qué (Daly y Wilson, 1988).
Bajo la amenaza de nuestra propia extinción, y usando el conocimiento de la psicología y de las ciencias sociales, deberíamos ser capaces de erradicar la guerra y sus derivados de menor escala. Un buen comienzo es la educación que desarrolla habilidades para la resolución de conflictos por vías menos desastrosas. Esta aproximación educativa deberá comprender que la paz en su sentido más positivo, es más que la supresión del conflicto abierto, más que la tensa y frágil “superficie en calma”. La paz es el resultado de un manejo creativo del conflicto.
Para infortunio nuestro, la especia humana ha optado por la vía contraria. Solemos creer que el camino para conseguir la paz pasa por la guerra, y que la manera de elevar los niveles de seguridad social consiste en acumular armas de fuego. Para prueba de ello no hay más que voltear hacia la gran cantidad de sociedades –incluyendo la nuestra- que han legislado la compra legal de armas de fuego a ciudadanos comunes, sin apenas esbozar una palabra contra la promoción de armas de uso doméstico.
IV. Una palabra contra la promoción de armas de uso doméstico
Las disposiciones normativas legales que permiten el comercio abierto de armas de fuego entre ciudadanos comunes y corrientes parten de la idea de que, en la medida en que un hogar cuente con una o dos pistolas, estará situado en mejores niveles de seguridad. Se sigue la lógica peligrosa de que al entregarle armas a la gente, ésta podrá entonces defenderse de los delincuentes y criminales. Pero se ignora el hecho básico de que unos y otros suelen ser la misma persona.
Los criminales no son una población homogénea, ni una “clase social” bien definida; la circunstancia hace al criminal. Si nos preguntamos por qué las personas se matan entre sí las respuestas pueden ser infinitas: porque las personas violentas fueron a su vez abusadas en la infancia; por la envidia generada por las injusticias sociales; por las penas que no son lo suficientemente severas; por los tumores cerebrales, los desequilibrios hormonales, las psicosis inducidas por el alcohol; porque las armas modernas desvían las inhibiciones y empatías naturales del cara-a-cara; porque la televisión está llena de violencia (Daly y Wilson, 1988).
Psiquiatras y psicólogos han intentado caracterizar la mente de “el asesino”, pero éste ha permanecido como una figura indefinida, verdaderamente ilusoria: muchos asesinos resultan ser sujetos ordinarios y se ha progresado mucho más al intentar explicar sus acciones en términos de la cultura y las circunstancias que en términos de la personalidad y la psicopatología. Dejando de lado al crimen organizado (cuyas armas están muy por encima de una o dos pistolitas) cualquiera de nosotros podemos caer en la delincuencia si las circunstancias nos orillan… y si contamos con un revólver en mano. La pistola de bolsilla hace la diferencia entre la riña de bar que acaba en un par de ojos hinchados y la que acaba en un par de muertos.
Además, antes de promover legalmente la compra de armas para todo mundo, deberíamos de ser capaces de responder satisfactoriamente a preguntas básicas como ¿en defensa de qué o de quién una persona normal puede matar?, ¿cuándo están las personas normales que enfrentan un conflicto preparadas para contemplar la posibilidad de violencia y por qué? Y -por supuesto- ¿quién y bajo qué indicadores debe ser considerado una persona normal? Curiosamente, la entidad que se pretende proteger con el acopio de armas –la familia- es precisamente una de las frecuentes generadoras de violencia en nuestra sociedad.
En un descuido, los países donde la gente ordinaria tiene el derecho de poseer armas para la seguridad personal caemos en la ironía de terminar colectivamente menos seguros que aquellos países donde la gente ordinaria no está armada.
Lo que nos queda entonces enfrente es declararle la guerra a las armas y a la violencia que éstas desencadenan. Ningún arma de fuego, por muy doméstica que sea, tiene otro fin que el de ser disparada. Paralelamente, ninguna guerra conseguirá sus objetivos míticos, ni tampoco hará del planeta un lugar más seguro, ni establecerá un nuevo orden mundial, ni creará una sociedad perfecta, ni mucho menos servirá para acabar con la guerra. La batalla a la que debemos asistir es la del disparo contra la bala y el golpe a la bofetada.
“El completo uso de nuestros recursos científicos es esencial si queremos ganar esta guerra”. Pero no hablamos de la ciencia de los explosivos y las radiaciones, de los disparos automatizados y las miras milimétricas. Hablamos de la ciencia del crecimiento personal y el desarrollo social, la ciencia del diálogo y el respeto mutuo.