domingo, 4 de mayo de 2008

Los escondrijos del poder


No es por casualidad, pero tampoco es algo planeado. Poder empieza a ser una palabra recurrente en lo que escribo. Estoy trabajando con ese vector en mi investigación, lo he estudiado, y al parecer dicha sensibilidad hace que empiece brotar en todas partes, con todas las texturas.
Particularmente estoy estudiando la noción foucaultiana de poder que resulta útil, entre otras cosas, porque complejiza las ideas clásicas del poder y permite sorprenderle en sus escondrijos, en sus operaciones sutiles y engañosas, en sus trampas invisibles, que es en buena medida como creo que está operando ahora. Un poder omnipresente y productor, al grado de convertirse en el agua en que nadamos, al grado de no sentir más sus fuerzas atravesándonos las carnes.
Recuerdo ahora esto porque acabo de leer una frase impactante de Jaques Lacan. Pero empecemos desde el empiezo. En este mes se celebra (¿?) El 40 aniversario del mayo francés, ese período de manifestaciones estudiantiles, de huelgas obreras, donde se respiraba un aire que inconfundiblemente olía a que se puede cambiar todo, a que todo es posible, a que el mundo libre y justo y verde que queremos está aquí nomás, y basta con estirar la mano. El mayo francés está guardado en el cajón de la historia reciente de las democracias occidentales como un periodo de locura, como un brote psicótico, una rabieta de una juventud más soñadora de lo normal, un buen ejemplo de la explosividad pasional de la utopía.
Pero la historia no es tan sencilla. Aunque como movimiento social fue sofocado, la revuelta levantó el polvo asentado en las estanterías inmóviles de la ya consolidada estructura capitalista, abrió espacio para un tipo de disidencia que nunca había tenido tales magnitudes y sirvió de ejemplo retórico y práctico de un sinfín de movimientos y procesos en otras latitudes que, aún hoy, siguen influenciados –aunque no sean muy conscientes de ello- por aquella imagen épica. También aprendimos y pensamos muchas cosas muy distintas: no abarcaré las posibilidades, ni siquiera un orden categorial de las mismas, pero quiero centrarme en una. Un grupo de teóricos sociales pensó que el poder era tramposo y mutante, que nos enfrentábamos con un poder extremadamente plástico que lograba incorporar dentro de sí todas las formas de batalla que se le enfrentaran, todas las estrategias de disidencia. Muchos hablaron sobre el tema, Foucault también.
El poder contra el que luchamos no es inocente ni estable. Se está especializando en la conquista continua de espacios de libertad y disidencia a través de formas veladas que no pasan por la opresión directa, sino que por la incorporación disimulada, por fagocitosis, matando en este proceso el potencial de resistencia. Así pues, hemos hablado ya bastante sobre la mercadotecnia vasta y multi-estilizada que ha crecido en torno a la figura del Ché y que, al hacerla un ícono mundial, le ha vaciado el componente crítico radical que pudo haber tenido y le ha convertido en “mercancía ideológica”; sobre la industrialización de músicas y literaturas que una vez fueron formas de denuncia y que luego acabaron siendo “modas rebeldes”; en fin, la institucionalización de luchas sociales que acaban siendo incorporadas en la estructura que pretendían combatir. Y este análisis puede aplicarse a otras batallas como la emancipación femenina, el discurso izquierdista y los derechos de las minorías. Evidentemente, esto no quita mérito alguno a la lucha y a los luchadores (Octagón, Mascarita, etcétera), pero sí nos alerta sobre un poder post-capitalista que ha desarrollado nuevas formas de control que no son tan evidentes, y por consiguiente, nos pone a pensar en generar nuevas formas de lucha. Qué lío, ¿no?
Ah! De veras. La cita de Lacan está en este artículo de Zizek, que está chido para darle vueltas al tema. Ouch! También está aquí algo del mayo francés. Sobres.

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