domingo, 21 de septiembre de 2008

Crisis económica o nerviosa


Cuando los medios de comunicación y los “expertos” hablan de la crisis económica se usan palabras como “tsunami” económico, “terremoto” bursátil y “cáncer” financiero. Que curiosa trampa retórica ésta, que maquilla el asunto de catástrofe natural y crea así la sensación de que el sistema económico y sus avatares son una especie de fuerza gravitatoria que está ahí nomás, desde siempre, como cualquier otra propiedad del universo y que por consiguiente está fuera de nuestro control y lo único que nos queda por hacer es padecer las crisis con resignación y rezar mucho para que pasen pronto y dejen los menos vestigios posibles. El otro día salió en la tele uno de esos peces gordos de la economía gringa, decía que estas crisis son “normales”, está previsto que ocurran más o menos una vez cada cien años, así funciona el mercado. Ah, bueno –pensé yo-, esta explicación nos deja más tranquilos: son los ciclos corrientes del sistema así que tampoco hay que armar tanto escándalo. Para mayor alivio, el señor hablaba con una tranquilidad y una sabiduría de viejo lobo de las mareas de Wall Street, a lo mejor la calma que proyectaba estaba apuntalada por el traje refinado que vestía y porque en su rostro lucía ese brillo rollizo de quien no sabe lo que es tener hambre. De modo que la alza de los precios, las deudas que ahogan las economías familiares, los pobres del mundo que se multiplican con panzas famélicas, la exterminación de los ecosistemas, las generaciones que no podrán acceder una vivienda, la precariedad de la vida, pues son nada más que efectos secundarios que vienen dados con el buen funcionamiento el sistema capitalista neoliberal. Así que a aguantarse: con suerte soplarán vientos menos severos en unos veinte años… claro, dependiendo de a dónde le haya tocado a uno vivir. En las noticias de ayer se escuchaba: “los mercados no reaccionan a pesar de las inyecciones…”. El sistema es como un dinosaurio postrado, jadeante y podrido, y nosotros impávidos mirándole alrededor, con nuestros pobres recursos de médicos desahuciados. Pero esta animal tiene su propia lógica y su propia forma de operación que según dicen no es menester de los humanos (pobres mortales que le miran con reverencia) y mucho menos de los gobiernos, al parecer.
Ahora bien, yo no soy un erudito de la economía, pero no hace falta serlo para darse cuenta de dos cosas básicas: uno, que éste es un sistema absurdo porque su mantenimiento y crecimiento dependen de la generación de pobreza, de la injusta distribución de recursos de todo tipo y de la devastación ecológica. Y dos, que no es naturalmente el único sistema económico posible; que, aunque quieran hacernos creer lo contrario, se pueden construir formas alternativas de comerciar, de satisfacer nuestras necesidades, de consumir y de estar en el mundo.
Quizá lo más asombroso es que hemos dejado de impactarnos e indignarnos por estos mecanismos truculentos. Nos hemos acostumbrado a mirarlo como cosa de todos los días: ya no nos asquea el hedor y la descomposición que va dejando por todos lados, se ha convertido en nuestro hábitat natural. Aunque no lo parezca, la retórica sobre la economía que nos ofrecen los dueños del dinero contribuye en buena parte a perpetuar el sistema, a generar un imaginario donde las cosas son así y no pueden ser de otra manera, a naturalizar un régimen. Al hablar en esos términos, al observar las cosas de esa manera, nos situamos automáticamente en un lugar más limitado y con menos posibilidades de acción y transformación. Entonces parte de la guerra que tendríamos que dar pasa por contar la historia de otra forma, por contar otras historias y por adueñarnos de las palabras con que hacemos al mundo.
Ayer por la mañana, camino a la universidad, me topé en la boca del metro con gente voluntaria que estaba repartiendo un impreso activista muy meritorio y muy ilustrativo que precisamente se ha propuesto poner su palabra para empezar a engordar la nueva historia. El impreso está en catalá pero aquí está la versión online en varios idiomas. Bon profit!


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