Ya se sabe que el leguaje encapsula significados y modela el mundo. El tiempo, por ejemplo, es una invención humana cargada de teorías y convenciones, gobernada por los imaginarios lingüísticos con que la amasamos. Paradójica condición la humana que es gobernada por sus propias criaturas. Y digo que amasamos el tiempo en el sentido de que usamos palabras y estructuras gramaticales como si fueran pinzas, desarmadores, mazos. En el imaginario occidental dominante hay tres tiempos básicos: pasado, presente y futuro. Aunque con variaciones y matices propios de cada idioma, el sentido común nos dice que estas formas del tiempo son excluyentes entre sí y que siguen una secuencia lineal invariable. Pero luego viene la poesía, y la poesía es el lenguaje que se libera a sí mismo, que rompe desde adentro sus propias ataduras y nos abre las puertas a territorios insospechados, a nuevos tiempos. Esto pensaba ayer mientras miraba llover, y la lluvia también me decía cosas y me recordó aquel poema de Borges -a propósito de habitar tiempos poco convencionales-:
¿En qué ayer, en qué patios de Cártago,
cae también esta lluvia?
Entonces me pregunté si alguna de estas gotas que se precipitaban tras la ventana ha regado ya aquel almendro de Colima ayer… o mañana.
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